EL PROBLEMA DE LA INSEGURIDAD CIUDADANA
“El
grado de civilización en una sociedad se juzga visitando sus cárceles”
Fiodor
Dostoiesvski, La casa de los muertos.
Escrito por: Jaime Araujo
Uno de los problemas
más acuciantes a resolver en nuestro país no es la inseguridad ciudadana (es
sólo el efecto del problema principal) como cotidianamente nos quieren hacer
creer las autoridades de turno repitiéndolo incesantemente a través de los
medios de comunicación. El autor de Rebelión en la Granja, George
Orwell ya nos advirtió que “algo erróneo no se convierte en verdad a base de
repetirlo muchas veces”.
Incluso, nos quieren
hacer creer o tal vez algunos así lo asumimos, que el aumento de la
criminalidad en nuestro país tiene su causa en el crecimiento económico que
vive el país. El autor de La Fiesta del Chivo, Mario Vargas Llosa,
declaró para el diario la República hace más de un año que “el precio que
naturalmente trae aparejado el crecimiento económico es la inseguridad y la
delincuencia” (La República, 17/10/2013). En efecto, semejante
despropósito ya había sido ensayado por el entonces ministro de justicia
Wilfredo Pedraza cuando dijo, “el incremento de la delincuencia es un fenómeno
internacional, especialmente en aquellos países que, como el Perú registran un
sostenido crecimiento económico” (El Comercio, 29/07/2013).
Sostenemos que el
problema principal a resolver a fin de reducir el índice de criminalidad es la
desigualdad social. La ecuación en simple: cuanto mayor es la distancia entre
la minoría acomodada y la mayoría empobrecida mayor es el grado de
criminalidad.
Tesis corroborada en la
práctica por las supuestas patrias del libre mercado con mayor
desigualdad social en el mundo: Estados Unidos y Reino Unido. Por un lado,
en la primera, la población carcelaria aumentó de forma
constante desde principios de la década de 1970. En 1978 había más de 450.000
personas en la cárcel, pero en el 2005 ya eran más de dos millones, las cifras
se habían duplicado. Por otro lado, en Reino Unido los números se
han duplicado desde 1990, pasando de alrededor de 46.000 reclusos a 80.000 en
el 2007 (Wilkinson y Pickett, 2009: 169).
Algo similar ocurre en
nuestro país. El Instituto Nacional Penitenciario (INPE) reveló que
en el 2011, los centros penitenciarios contaban con 48.798 internos y actualmente
son 71.34. Es decir, hubo un incremento del 46% en 3 años (El comercio,
23/09/2014). Pero también hubo un incremento de la desigualdad social. Una
gran mayoría que trabaja cada día más a costa de un sueldo cada vez más
miserable y una minoría privilegiada que trabaja cada día menos o no trabaja a
cambio de una remuneración exorbitante. Un ejemplo vergonzoso de esto es la
abismal diferencia entre el sueldo mínimo de un ciudadano cualquiera, S/ 750.
00 y el sueldo de un Ministro de Estado S/ 30.0000, es decir 40 veces más.
Todo esto es un
escándalo, sin embargo nos hemos acostumbrado a verlo como normal. ¿Se puede
pedir a una persona que tiene el estómago y la cabeza vacía, es decir que
pasa hambre y no tiene educación porque su sueldo no le alcanza para
cubrir las necesidades básicas de su familia, que oriente su vida acorde a las
normas de convivencia social establecidos? Las posibilidades de que alguien en
estas condiciones oriente su vida conforme a estándares de convivencia legal
son mínimas. De manera que allí donde no existe la justicia social, donde reina
la desigualdad, la pobreza, donde predomina la ignorancia y donde se crea en la
población sentimientos de inferioridad: las víctimas siempre serán los
empobrecidos. No porque sean pobres, pues eso ya es u crimen, sino porque es
muy probable que muchos de ellos terminen en la cárcel.
En consecuencia, los
legisladores en vez de auspiciar leyes penales más duras, deben saber que la
legislación por sí misma, sin programas sociales diseñados para la reducir la
pobreza, elevar el nivel de educación y contribuir a la reinserción en la
sociedad, sin duda, no obtendrá resultados o que incluso será
contraproducente (Bunge, 2009: 348). Pues, la mejor política en materia de
seguridad y de prevención de los delitos “es una política social dirigida
a garantizar los derechos vitales de todos; y que el gasto público necesario
para tal fin no ha de concebirse como un costoso pasivo en los balances
públicos, sino como la forma de inversión pública más productiva” (Ferrajoli,
2011: 69).
En suma, la
manera más justa y eficiente de combatir el delito no es endurecer el Código
Penal o incrementar la represión policial: esta es la idea bárbara de que la
justicia equivale a la venganza. A largo plazo, la manera más eficiente de
manejar la criminalidad es atacar las fuentes sociales del delito, tales como
las crudas desigualdades en los ingresos, el desempleo y la ignorancia.
Esto de ninguna manera
debe ser entendido como una apuesta por la abolición del derecho penal y por
consiguiente de las cárceles sin más, sino más bien como una crítica al sistema
político vigente, que prioriza reformas legales en detrimento de las reformas
sociales. Pues es sabido que la gente vive más sana y más tiempo en las
sociedades más igualitarias, tales como las naciones nórdicas, Holanda, Japón,
Costa Rica, Uruguay y Cuba, que en las sociedades con grandes desigualdades,
tales como Estados Unidos y Reino Unido.
Las estadísticas
muestran, en particular, que la desigualdad en los ingresos y bienes es el
indicador más fiable y, en consecuencia, un predictor del índice de
criminalidad. Por tanto, los políticos de turno deben saber que antes de librar
vociferas y tomar medidas contra el crimen, deben acudir a los saberes que nos
aportan las ciencias sociales y humanas respecto de las causas de la
criminalidad, en lugar de ensañarse en la fabricación de leyes cada
vez más drástica, particularmente sabiéndose que dichas medidas son inútiles y
que la cárcel tal como lo conocemos hoy es una escuela del delito (Bunge, 2008:
49).
Si pensamos en los
vistosos incumplimientos de los derechos sociales, en las espantosas bolsas de
miseria y en las enormes desigualdades en nuestro país, debemos por el
contrario concluir que cuesta demasiado poco, vegosamente poco diseñar
políticas sociales (Ferrajoli, 2011: 150) a fin de satisfacer las necesidades
básicas de la población, tales como, educación, salud, vivienda, empleo, etc.
Pues, las investigaciones sugieren que a menor desigualdad social menor
índice de criminalidad y viceversa.
Finalmente, exigimos
que los que tienen en sus manos el diseño de políticas para la lucha
contra la inseguridad ciudadana tomen en cuenta los aportes de las ciencias
sociales antes de tomar medidas a espaldas de las mismas. Porque una cosa es
enfrentar y resolver un problema en mérito de las investigaciones sociales y
humanísticas disponibles y, otra muy distinta es adoptar medidas que
nadie discute para no tener que pensar.
Antes de llegar a tomar
medidas contra la inseguridad ciudadana por intuición, costumbre o comodidad,
deben saber que el problema principal es la desigualdad social, y que no se
logrará más que seguir escondiendo la inmundicia del modelo económico y
político vigente, si soslayamos el meollo del problema en cuestión y abrazamos
medidas contra la inseguridad ciudadana que no son más que un decorado de
teatro para solapar los intereses de unos cuantos.
Referencias
bibliográficas
Bunge, Mario (2009).
). Filosofía política. Solidaridad, cooperación y democracia integral.
Barcelona: Gedisa.
Bunge, Mario
(2008). Filosofía y sociedad. México: Siglo XXI.
Ferrajoli, Luigi
(2011). Principia iuris. Teoría del derecho y de la democracia. 2.
Teoría de la democracia. Madrid: Trotta.
Wilkinson, R. y
Pickett, K. (2009). Desigualdad. Un análisis de la (in) felicidad
colectiva. Madrid: Turner.
