Escrito por: Jaime Araujo
Dudar es un acto de valentía y rebeldía, implica abandonar las certezas que
hemos asumido acríticamente, o que se nos haya adherido por costumbre. Lo que
aprendemos en la familia, en la escuela, en la universidad. Lo que nos dijo el
profesor, el cura o el pastor, nuestro mejor amigo, etc., debe ser sometido al
crisol de la duda para probar su resistencia. No obstante, puede que después de
ello, nos quedemos con muy pocas certezas o tal vez con nada. Pero, ¿vale la
pena todo ello? En nuestra opinión, tal disposición, es de suma urgencia hoy
dada las condiciones a las que cotidianamente nos exponemos.
Solamente si empezamos a cuestionarlo todo y, cuando
digo todo, me refiero a todo lo que racionalmente es cuestionable. Pues, por un
lado, sería ocioso y estúpido ponernos a
dudar de la existencia de la pared que tengo en frente, o si el fuego quema,
pues bastaría patear la pared o meter la mano al fuego para tener la respuesta.
Nada grata por supuesto.
Por otro lado, hoy es un deber moral dudar por ejemplo de la información que nos
proporcionan los medios de comunicación, de los líderes que nos representan, e
incluso de la opinión de nuestros padres. En suma, de todos los mandatos
venidos de la autoridad. Si hacemos esto, empezaremos a pensar, es decir, a
crear formas nuevas, modos alternativos de actuar y de vivir. Pero cuidado,
todo esto tiene sus riesgos. Históricamente, dos voces la confirman: Sócrates e
Hipatia.
Por una parte, la lengua mordaz de Sócrates molestó
tanto la tranquilidad de la sociedad ateniense que tuvieron que buscar un
pretexto para eliminarlo. Pues, una vida no examinada, no reflexionada, no
merecía la pena ser vivida sentenciaba Sócrates.
Por otra parte, en la frondosidad de certezas venidas
del cielo y comunicadas por boca de los representantes de Dios (papas, obispos,
curas) a los profanos, aparece una mujer que puso en aprietos a toda una cúpula
que se ufanaba de ser el depósito de la verdad última. Hipatia decidió que era
mejor dudar para pensar que resignarse a creerlo todo para no tener que pensar.
Finalmente, dudar para pensar no es fácil, trae
aparejado sus peligros, tampoco es un don. Es una labor que requiere esfuerzo y
disposición a no dar nada por supuesto. Un navegar en contracorriente. La duda
no es mera vacilación sino interpelación, llamada de atención e instigación a
cuestionar todo aquello que no sea claro y evidente para la inteligencia humana. Y pensar es
ensanchar los límites que se nos imponen
al conocimiento, a la vida. Porque en síntesis,
sin dudar no podemos pensar nuestra vida y vivir nuestro pensamiento.

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