lunes, 22 de junio de 2015

DUDAR PARA PENSAR


Escrito por: Jaime Araujo


El dudar no es algo que nos venga naturalmente. Tan es así que, al parecer, la duda era desconocida en las sociedades primitivas, en las que se daba igual mérito a los mitos que al conocimiento.  Actualmente, esto ha cambiado poco, y la razón en nuestra opinión es porque estamos educados para no dudar y consecuentemente para no pensar. En efecto, es muy cómodo creerlo todo que aventurarnos a dudarlo todo para pensarlo todo.
Dudar es un acto de valentía y  rebeldía, implica abandonar las certezas que hemos asumido acríticamente, o que se nos haya adherido por costumbre. Lo que aprendemos en la familia, en la escuela, en la universidad. Lo que nos dijo el profesor, el cura o el pastor, nuestro mejor amigo, etc., debe ser sometido al crisol de la duda para probar su resistencia. No obstante, puede que después de ello, nos quedemos con muy pocas certezas o tal vez con nada. Pero, ¿vale la pena todo ello? En nuestra opinión, tal disposición, es de suma urgencia hoy dada las condiciones a las que cotidianamente nos exponemos.
Solamente si empezamos a cuestionarlo todo y, cuando digo todo, me refiero a todo lo que racionalmente es cuestionable. Pues, por un lado,  sería ocioso y estúpido ponernos a dudar de la existencia de la pared que tengo en frente, o si el fuego quema, pues bastaría patear la pared o meter la mano al fuego para tener la respuesta. Nada grata por supuesto.
Por otro lado, hoy es un deber moral dudar  por ejemplo de la información que nos proporcionan los medios de comunicación, de los líderes que nos representan, e incluso de la opinión de nuestros padres. En suma, de todos los mandatos venidos de la autoridad. Si hacemos esto, empezaremos a pensar, es decir, a crear formas nuevas, modos alternativos de actuar y de vivir. Pero cuidado, todo esto tiene sus riesgos. Históricamente, dos voces la confirman: Sócrates e Hipatia.
Por una parte, la lengua mordaz de Sócrates molestó tanto la tranquilidad de la sociedad ateniense que tuvieron que buscar un pretexto para eliminarlo. Pues, una vida no examinada, no reflexionada, no merecía la pena ser vivida sentenciaba Sócrates.
Por otra parte, en la frondosidad de certezas venidas del cielo y comunicadas por boca de los representantes de Dios (papas, obispos, curas) a los profanos, aparece una mujer que puso en aprietos a toda una cúpula que se ufanaba de ser el depósito de la verdad última. Hipatia decidió que era mejor dudar para pensar que resignarse a creerlo todo para no tener que pensar.

Finalmente, dudar para pensar no es fácil, trae aparejado sus peligros, tampoco es un don. Es una labor que requiere esfuerzo y disposición a no dar nada por supuesto. Un navegar en contracorriente. La duda no es mera vacilación sino interpelación, llamada de atención e instigación a cuestionar todo aquello que no sea claro y evidente  para la inteligencia humana. Y pensar es ensanchar los límites  que se nos imponen al conocimiento, a la vida. Porque en síntesis,  sin dudar no podemos pensar nuestra vida y vivir nuestro pensamiento.

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