DAGUERROTIPO
Los últimos acontecimientos me
dejan más preguntas que respuestas. No es solo si Tía María va o no va. La
discusión académica genera dos planos, el contexto económico nacional y la
situación particular.
Perú, como país emergente, es una
República Empresarial, donde está muy de moda creer/pensar y justificar en el
libertarismo. Por dos razones enfatizadas por el politólogo Dargent[1]
, primero: la intervención estatal perjudica porque afecta la propiedad de
quienes la ganaron con esfuerzo, en segundo lugar: si el Estado interviene, el
resultado será malo.
Esta forma de razonar, tan
impregnada en las élites de gobierno,
permite que el poder político
emita leyes con apellidos de empresas o defienda proyectos de inversión privada.
De estos últimos se dice que crearán mucho trabajo, mantendrán un PBI alto y
reducirán la desigualdad. Imponiendo
rudamente este argumento como condición necesaria para combatir otros problemas: educación de baja calidad,
salud precaria.
En medio de esa defensa surge la
cuestión: ¿Hacia dónde va el Perú? ¿El progreso se logra con la inversión
automáticamente? El laissez faire peruano de la última década no ha mejorado la
calidad educativa, aumentó el cemento en nuestras ciudades y engordamos un
poquito-muy positivo, sin duda. El Perú mantiene problemas de fondo, da cabida
a la informalidad para que mucha gente- con esfuerzo – entre a la aplaudida
clase media, en tanto el poder político que dirige a este Perú asegura
contratos a través de e-mails entre ministros y gerentes empresariales.
La minería, siguiendo el ejemplo
de Tía María, contextualizada en el catequismo inversionista del poder político
quiere ser impuesta con tozudez bajo el argumento de la inversión. No hay
otro discurso, el poder político demuestra sus limitaciones de desarrollar la
agricultura (u otras actividades económicas) – para ejemplificar véase las
cifras que presenta Humberto Compodónico[2].
Para quienes no saben Arequipa
es la región del Perú que ocupa el primer lugar en Valor de Producción Agrícola
por Hogar.
Socialmente existe una división- no polarización-
mientras algunos caminan por la Plaza de Armas de Arequipa murmurando que la
mina es progreso, el Valle de Tambo arde tenazmente y sus manifestantes están
cumpliendo su huelga de hambre en la esquina de la plaza. El promocionado discurso inversionista no es
exclusivo de las elites gobernantes. El Nobel Vargas Llosa[3]
también lo respalda, en su último artículo aborda sobre el Perú visto desde el
interior y del exterior, aplaude el mayor logro del Perú: “un amplio consenso nacional a favor de la
democracia política y la economía de mercado”. Sin embargo, hechos sociales como las
protestas (Conga, el Aymarazo, Tía Mariazo?) son una daga a la receta de
economía de mercado del FMI, así también
el sufragio, en el cual -generalmente- gana “la transformación” son
síntomas de que algo no marcha bien en esta economía de mercado. No estaría muy
seguro que el ciudadano de a pie concuerde con la economía de mercado.
¿Seguiremos apoyando a la
inversión con un Estado náufrago mono-discursista?


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