“En la alquimia
colonial y neocolonial, el oro se transfigura en chatarra, y los alimentos se
convirtieron en veneno”.
Eduardo Galeano. Las
venas abiertas de América Latina.
Escrito por Jaime Araujo
Y desgraciadamente, la codicia obsesiva y sin límites de los ricos aliada a la corrupción que practican las autoridades de nuestro país, constituye una mafia para la muerte. En nuestro país, como en otros, siempre la sangre de los pobres ha sido el fundamento del máximo derroche de unos cuantos. Una minoría de la población disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, los mejores médicos y el mejor nivel de vida. Pero en todo esto hay algo espeluznante que esta minoría no quiere ver:, que sus vidas de lujos y derroche (lo que ellos llaman progreso) está ligado a cómo vive la gran mayoría de sus conciudadanos.
En todo esto,
la ecuación es simple, pero al mismo tiempo horrorosa: el que tiene dinero come,
estudia y si se enferma se cura y vive. El que no lo tiene sufre, es condenado
a la ignorancia y muere por hambre, o por el anonimato social. Y quien muere de
hambre, o es confinado a la ignorancia, en un país con tanta riqueza natural
como el nuestro, es víctima de un delito.
En el devenir
de nuestra historia, hemos aprendido que la riqueza mineral de nuestro país:
Huancavelica, Cajamarca, Cerro de Pasco, la Oroya, entre otros.; ha sido, casi
siempre la causa de su desgracia: son los lugares más pobres, contaminados e
infértiles. Y con ellos, el 45% de las familias de los niños y jóvenes de
nuestro país viven en situación de pobreza y el 19 % en extrema pobreza
(Informe de la UNICEF 2014).
Contrariamente,
el fundamento del estado republicano y democrático, es la defensa del bien
público, la defensa y renovación del interés general, la protección de la nación,
la soberanía territorial. Pero resulta que hoy de la república tal cual la
heredamos de la revolución francesa no queda más que un espectro; porque
habitamos un país donde, “es infinitamente más grave violar una regla de
comercio internacional que un derecho
humano” (Ziegler, 2002: 50).
Decimos que
vivimos en país democrático, pero me pregunto hasta qué punto es democrático
cuando la soberanía de nuestro país se ha convertido en una especie de objeto
de museo. Cuando un pueblo que intenta
defender sus recursos naturales, como es
el caso concreto de la provincia de Islay en Arequipa, se habla con desprecio,
como gente prehistórica, incivilizada,
que se opone a la modernidad, al progreso (¿Progreso de quién?). Como si este
acto de dignidad nacional, o en todo caso, de celebración democrática, que es
la intervención ciudadana en la defensa de sus recursos naturales (Protesta
social) fuese un signo despreciable de atraso de ignorancia o en el peor de los
casos de terrorismo.
No es posible hablar de un país democráticamente organizado,
cuando depende de las corporaciones y no
de la voluntad del pueblo, que hoy en día
son las que dictan las reglas jurídicas, económicas, políticas y hasta
morales (Iglesia Católica por ejemplo) que deben practicar nuestros
conciudadanos. Las que nos condenan a
trabajar cada vez más a cambio de menos, a aceptar resignadamente las migajas que caen
de las sus mesas y a mantenernos
agradecidos por semejante desprendimiento y compasión cristiana.
¿Cómo se puede
hablar de democracia en un país como el nuestro, que premia a los victimarios y
castiga a las víctimas en nombre del supuesto progreso; que desprecia los
intereses de nuestros pueblos porque no concuerdan con los cánones jurídicos,
comerciales que las corporaciones pronuncian por boca de los legisladores y autoridades
de turno?
Seamos subversivos, cambiemos el orden que produce
miseria y resignación. Nuestra miseria no puede seguir siendo más el fundamento del derroche y la opulencia de unos cuantos.
Nuestra riqueza en recursos naturales no puede seguir generando nuestra pobreza para alimentar a la prosperidad, el
lujo y el derroche de una minoría.
Vistamos nuestra indignación con el lenguaje que dice
la verdad y arrojémosla al mundo. Rompamos el terrible silencio de la
indiferencia. Pero más terrible, hasta ser delito, el silencio
culpable de aquellos que dicen no estar a favor ni en contra del Proyecto Tía
María (idiotas etimológicamente hablando). De quienes
pudiendo hablar, callan. De quienes sabiendo y debiendo hablar, no lo hacen
(académicos, profesores, intelectuales, etc.). De quienes pudiendo rebelarse,
se resignan (ciudadanos).
Finalmente,
¡Compatriotas, conciudadanos! Este 27 y
28 de mayo tomemos las calles y las plazas. El porvenir nos adeuda muchas
victorias. Si no lo hacemos será por nuestro consentimiento y el precio a pagar
será siempre el mismo: el sufrimiento y la sangre del pueblo. Celebra la
democracia, ¡Protesta!
Referencias bibliográficas:
Galeano,
Eduardo (2010). Las venas Abiertas de
América Latina. México: Siglo XXI.
Ziegler,
Jean (2002). Los nuevos amos del mundo y
los que les resisten. Paris: Fayard.

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