Escrito por: Diego Napán
Decir o hacer algo que no sabemos
muy bien por qué dijimos o hicimos puede ser enorgullecedor embarazoso, dependiendo del contexto. Sabía que debía sentirme orgulloso luego de
levantarle la voz al chofer de una unidad pública por no querer detenerse en el
paradero de la avenida Brasil y dejar a una mayor de edad a dos cuadras de su
destino; su excusa era que si parábamos habría más tráfico y que la señora
debió haberse bajado antes. Sabía que debía sentirme orgulloso pero, raramente,
los usuarios del bus le dieron la razón al chofer y desmerecieron mi posición
en defensa de la señora mayor de edad.
Y es que, en cierta forma, el
chofer y los apurados usuarios tenían todos, un objetivo en común que era que
el bus avance rápido y la señora que quería bajarse en el paradero apropiado
entorpecía esta finalidad. El respeto de la voluntad de la señora hubiera sido
una decisión ineficiente que era mejor evadir. Esto nos deja una pregunta
abierta ¿En verdad los intereses de las mayorías debe hacer que nos olvidemos
de los derechos de las minorías? Desde ya debo decir que no: Los países más
desarrollados son aquellos que más velan por sus minorías. Los buses públicos
tienen espacios especiales y procedimientos únicos para usuarios discapacitados
y mayores de edad. Nosotros, en Perú, estamos a muchos años de eso.
Pero el problema es aún más grave
y tiene una causa genérica. Esta semana salió una noticia que denunciaba a un
vecino de Chorrillos que construyó la escalera al segundo piso de su casa en la
vereda pública, obstaculizándola. La noticia fue el inicio de noticias y post
en televisión y en redes sociales que denunciaban a numerosas personas que
habían hecho lo mismo que el vecino de Chorrillos, desde vecinos normales a
instituciones privadas habían construido escaleras y cercas en las veredas
apropiándoselas y “ganándole terreno” a la calle.
Esta realidad pone en evidencia
algo que percibimos día a día pero no entendemos muy bien y es que el ciudadano
peruano promedio es muy individualista y tiene poco respeto por la res pública. Echar basura a la calle,
pintarrajear las paredes ajenas o ganarle terreno a la berma pública son actos
egoístas en los que nos olvidamos por un segundo que vivimos en un espacio que
es de todos y que nuestros actos perjudican a la colectividad.
Este egoísmo, este individualismo
exacerbado tiene múltiples consecuencias en nuestra sociedad ulteriormente: La
corrupción, el irrespeto de la ley, la poca institucionalidad del Estado, etc. Y
esta es justamente la razón por la que el chofer de la unidad pública de la que
hablé en el primer párrafo se burló del artículo 42 de la Ley General de
Transporte y Tránsito Terrestre que obliga a los prestadores de transporte
público a dejar a sus usuarios en los paraderos oportunos. Para ser más
preciso, a aquel chofer ¿en verdad le interesaba dejar a sus usuarios con mayor
velocidad en sus destinos? Por supuesto que no, al chofer solo le interesaba
llegar más rápido a otros paraderos en hora punta, a los otros pasajeros
tampoco les interesaba el chofer, ni la señora, ni nadie, solo ellos mismos,
metidos en sus teléfonos, riéndose de las inexactas noticias de Tía María y de
que alguien por ahí se pasó un semáforo en rojo y mató a un payaso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario