martes, 5 de mayo de 2015

La importancia de no tener razón

En cualquier forma de gobierno se ha de destacar en análisis la relación que existe entre el poder y la razón. Entiéndase poder como la forma en la que se reparte éste entre los miembros de una comunidad (Democracia, por ejemplo, en sentido lato, es el poder del pueblo y monarquía es el gobierno de una sola persona) y razón como la forma en la que ésta comunidad distribuye los derechos y administra justicia (¿Quién tiene razón en el momento de surgimiento de una controversia?). Podemos decir, entonces, que el poder está representado por el gobierno y la razón por la ley.

Gran parte del éxito de las sociedades está en cómo el gobierno administra la ley. Los gobiernos autoritarios tienden a ser imparciales y abusivos en la distribución de derechos, mientras los gobiernos exitosos se centran en administrar los derechos en función de lo que se considera justo o razonable.

La sociedad peruana y, en general, la sociedad latinoamericana, tiene un orden legal sumamente complejo importado del derecho europeo, anclado sobre el derecho constitucional y con raíces profundas en el derecho civil. La división de poderes garantiza que el poder (representado por el ejecutivo democráticamente elegido por el pueblo a través del presidente) no interfiera con la razón (el Poder Judicial –al menos sobre el papel -  es un ente sumamente independiente): Para decirlo de otra forma, una sentencia judicial no puede ni debe responder a lo que los políticos quieran de ella, sino a lo que la ley establezca. Además, es factible decir que el sistema legal importado es uno de los más equilibrados que existen en el mundo, las instituciones jurídicas nacidas en Roma se fundamentan en la igualdad y en el respeto por la dignidad humana.

Pero justamente, el hecho de que nuestra legalidad sea importada, ha hecho que la institucionalidad de ella sea sumamente baja. Los sistemas legales completos no han partido desde el pueblo y eso ha hecho que el pueblo peruano los vea con desconocimiento, desconfianza y, en partes de nuestra historia, con odio.  Esta es una realidad ineludible en un país como el nuestro y es un punto a tomar en cuenta a la hora de hacer análisis políticos y hasta jurídicos. Al fin y al cabo, la razón es un concepto muy discutible y puede decirse que es cultural, que es un pueblo el que establece sus principios morales, sus razones. Viéndolo así, Perú no es un país que haya forjado sus leyes en sus propios principios, en su propia razón; se nos ha querido imponer desde siempre una razón que por más justa que sea, sigue siendo ajena.


En los primeros años como estudiantes de Derecho se nos enseña a valorar la realidad como elemento insoslayable en la formación de la ley. Pero, con el paso de los ciclos, nos acostumbramos a aplicarla sin mediar razonamiento alguno, asumiendo que es completamente válida porque está justificada en los principios morales romanos y condenamos a los que las protestan, les decimos salvajes e irracionales. Nos olvidamos de nuestros primeros años estudiando críticamente el positivismo jurídico. En un país como el nuestro esto no debería ser así, hemos de valorar a los irracionales, escucharlos, entender su subjetividad, replantear nuestra visión de la razón, dejar de tenerla y abrirnos a la autocrítica. Al fin y al cabo, ¿Alguien puede ser poseedor de la verdadera razón?

Por: Diego Napán
Columnista invitado

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